Adaptarse a una sociedad enferma: normalidad, polarización y pérdida de humanidad
Por Alejandra Ruiz Roldán
Junio, 2026
Una reflexión sobre la adaptación, la polarización y la pérdida de humanidad en tiempos de fractura colectiva.
La pregunta por la salud psíquica no puede reducirse únicamente al funcionamiento individual. Una persona puede trabajar, producir, responder socialmente y cumplir con creces las expectativas de su entorno y, aun así, estar profundamente desconectada de sí misma, de los otros y de la realidad que habita. Por eso, cuando se habla de adaptación, conviene detenerse en una interrogante fundamental: no solo si alguien está adaptado, sino a qué está adaptado.
La frase atribuida a Jiddu Krishnamurti (1960), “no es signo de salud estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”, condensa una preocupación filosófica y psicológica de enorme vigencia. Aunque su formulación exacta no puede atribuirse con certeza textual al autor, la idea sí atraviesa su obra: si la estructura social participa de la misma neurosis o desconexión del individuo, pretender «sanar» a la persona devolviéndola intacta a ese mismo engranaje es un contrasentido. La mirada clínica y existencial debe entonces ampliarse: ¿qué ocurre cuando la normalidad estadística o el consenso social dejan de ser criterios suficientes de cordura?

Aldous Huxley (1958) desarrolló una intuición semejante al señalar los riesgos de una conformidad autómata. Para el autor, millones de personas pueden aparentar normalidad no porque se encuentren sanas en un sentido profundo, sino porque han sido adaptadas con éxito a un modo de vida intrínsecamente anormal. Esta perspectiva resulta perturbadora porque desplaza el síntoma: la patología colectiva ya no se manifiesta como una crisis evidente o una ruptura dramática, sino que se camufla bajo las formas de la obediencia, la hiperproductividad, el cinismo cotidiano o una progresiva incapacidad para conmoverse ante el daño que se reproduce colectivamente.
Desde esta perspectiva, la adaptación posee una doble cara. Puede ser la expresión de madurez, flexibilidad y cooperación indispensable para la convivencia. Sin embargo, también puede operar como una anestesia psíquica. Nos adaptamos a la prisa hasta extinguir la capacidad de silencio. Nos adaptamos a la hostilidad hasta dejar de percibirla. Nos adaptamos al miedo hasta confundirlo con lucidez, y a la mentira hasta llamarla estrategia. En última instancia, el ser humano es capaz de adaptarse a la deshumanización misma, llegando a creer que el desprecio hacia quien piensa distinto es una forma legítima y noble de defender la verdad.
Esta tensión se vuelve especialmente visible en los periodos de alta confrontación política. Las elecciones muestran algo más que un mapa geográfico de preferencias ideológicas; muestran en realidad, un mapa psíquico colectivo. Revelan qué se activa en nosotros cuando aparece la diferencia: cuánto miedo se disfraza de certeza, cuánta herida se vuelve ataque y cuánta necesidad de pertenecer a un bando nace simplemente de no tolerar la incertidumbre. En contextos polarizados, el otro deja de ser un sujeto complejo y es reducido a una categoría vacía: el enemigo, la amenaza, el ignorante o el fanático. La diferencia política deja de ser una diferencia de interpretación y empieza a funcionar como un juicio sobre el valor moral del otro.
La investigación contemporánea sobre la polarización afectiva profundiza en las raíces de este fenómeno. Autores como Iyengar et al. (2019) y Jost et al. (2022) señalan que este tipo de polarización no consiste únicamente en el desacuerdo doctrinal o programático, sino en el desarrollo de un rechazo emocional sistemático hacia quienes pertenecen al grupo contrario. En este punto, la política deja de ordenar solo argumentos y posiciones, y empieza a colonizar las identidades: ya no discutimos únicamente ideas, sino que defendemos una imagen de quiénes somos. El desacuerdo ya no se vive como una diferencia de opinión, sino como una amenaza directa a la pertenencia, a la seguridad y a la imagen moral que se tiene de sí mismo.
Esto explica por qué, en sociedades fracturadas, se suelen defender causas legítimas a través de dinámicas profundamente destructivas. Se habla de justicia desde un deseo visceral de castigo; se apela a la verdad con desprecio por quien duda; se exige libertad clausurando la humanidad del otro. La división política externa revela, en el fondo, una fractura interior: la tensión constante entre la parte de uno mismo que necesita certezas absolutas y la que no tolera la complejidad; la parte que busca la verdad y la que solo desea confirmar los sesgos que ya poseía. El problema nuclear no radica únicamente en las ideas que se sostienen, sino en el tipo de subjetividad que se va moldeando en el individuo mientras las defiende.
De esta desconexión participamos todos, en distintos grados, todos los días. La sombra colectiva no habita únicamente en los discursos de los líderes o en los grandes hitos históricos. Aparece en la conversación cotidiana, en la ironía punzante, en la etiqueta fácil, en la dinámica de cancelar o ridiculizar a través de una pantalla, y en ese placer secreto y mezquino de ver humillado al adversario. Aparece con alarmante facilidad cuando el pensamiento se vuelve ataque, cuando el criterio se confunde con el desprecio y cuando la pertenencia ciega a un bando sustituye la responsabilidad ética de mirarnos con honestidad.
Por ello, una sociedad no empieza a sanar cuando por fin todos piensan igual; tal aspiración, además de utópica, resultaría autoritaria y peligrosa (Talisse, 2020). La salud democrática y psíquica no consiste en la erradicación del conflicto, sino en impedir que el conflicto devore la condición humana compartida. Una comunidad más sana es aquella capaz de sostener discrepancias reales, profundas y estructurales, sin que cada diferencia se convierta en una licencia moral para deshumanizar.
En este sentido, la salud es inseparable de la conciencia y del discernimiento. Estar sano implica, en ocasiones, sostener una incómoda disidencia frente a lo que ha sido normalizado. Significa conservar la capacidad de percibir el daño aunque el entorno lo llame costumbre o tradición. Implica no perder la sensibilidad en medio de una cultura que premia la dureza, la velocidad y la ceguera voluntaria. La pregunta final, por tanto, no es solo si logramos funcionar o producir dentro del sistema. La pregunta es qué hemos tenido que apagar dentro de nosotros para poder funcionar así. La pregunta es si nuestra adaptación nos ha vuelto más conscientes, más humanos y más responsables, o si únicamente nos ha enseñado a sobrevivir a costa de anestesiar y perder contacto con la parte en nosotros que todavía sabe mirar, escuchar y cuidar.
Referencias
Fromm, E. (1955). The sane society. Rinehart.
Huxley, A. (1958). Brave new world revisited. Harper & Brothers.
Iyengar, S., Lelkes, Y., Levendusky, M., Malhotra, N., & Westwood, S. J. (2019). The origins and consequences of affective polarization in the United States. Annual Review of Political Science, 22(1), 129–146. https://doi.org/10.1146/annurev-polisci-051117-073034
Jost, J. T., Baldassarri, D. S., & Druckman, J. N. (2022). Cognitive–motivational mechanisms of political polarization in social-communicative contexts. Nature Reviews Psychology, 1(10), 560–576. https://doi.org/10.1038/s44159-022-00093-5
Krishnamurti, J. (1960). Commentaries on living: Third series. Harper & Row.
Talisse, R. B. (2020). Overdoing democracy: Why we must put politics in its place. Oxford University Press.
Turner, J. C., & Oakes, P. J. (1986). The significance of the social identity concept for social psychology with reference to individualism, interactionism and social influence. British Journal of Social Psychology, 25(3), 237–252. https://doi.org/10.1111/j.2044-8309.1986.tb00732.x

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