No vemos el mundo tal como es; lo vemos desde quien somos.

Una de las formas más sutiles de ignorancia consiste en asumir la objetividad de nuestro pensamiento sin preguntarnos desde dónde estamos pensando. La realidad no se nos entrega de manera pura. Llega atravesada por nuestra historia, por la memoria, por aquello que hemos amado, perdido, temido o aprendido a esperar, y también por aquello de nosotros que aún no hemos podido mirar del todo.

Esto no es nuevo para la filosofía. Kant sugería que, ante la presencia de un caballo, no vemos solamente al caballo, sino también aquello que pensamos de él. Nunca nos encontramos con la realidad completamente desnuda; nos encontramos, en cambio, con una realidad revestida de significados, expectativas, temores y formas de interpretar. Tal vez por eso dos personas pueden vivir el mismo hecho y, en el fondo, estar viviendo mundos completamente distintos. Este filtro no es meramente intelectual; es ante todo, biográfico.

El dolor acumulado opera como un traductor inmediato de la experiencia: una distancia puede ser simplemente distancia, pero para alguien que ha conocido el abandono puede sentirse como prueba de que ya no importa; una crítica puede ser solo una observación y aun así sentirse como humillación; un límite puede ser cuidado, pero para alguien que aprendió a sostener el amor complaciendo, puede doler como rechazo. Muchas veces no reaccionamos solamente a lo que ocurre, sino a lo que eso despierta en nosotros.

La herida interpreta, y el gran desafío es que lo hace bajo el disfraz de la clarividencia. Cuando la herida interpreta, no sentimos que estamos interpretando: sentimos que estamos viendo la verdad. El miedo habla con tono de certeza, la defensa se disfraza de lucidez y lo subjetivo toma forma de evidencia. En esa confusión radica buena parte de nuestro sufrimiento: confundimos la intensidad de una emoción con la veracidad de los hechos. Que algo se sienta verdadero no significa que sea toda la verdad.

Por eso no siempre sufrimos únicamente por lo que ocurre, sino también por el significado que nuestra historia le da a lo que ocurre. Tampoco se trata de invalidar o desconfiar de lo que sentimos. Lo que sentimos importa y es real como experiencia, pero no siempre es una lectura exacta de la realidad. Muchas veces decimos “yo siento que…” como si el sentimiento fuera prueba suficiente; sin embargo, aunque el sentir es una información valiosa, rara vez es una conclusión confiable. El sentir necesita ser escuchado, sí, pero también examinado con honestidad.

Las enseñanzas budistas de atención plena, especialmente el Satipaṭṭhāna Sutta, nos invitan a aprender algo que parece elemental y resulta ser una de las prácticas más exigentes: ver el pensamiento como pensamiento, la emoción como emoción, la herida como herida, y no necesariamente como realidad absoluta. Cuando dejo de confundir mi reacción con la verdad completa, emerge la posibilidad de una relación distinta con el entorno: una que nace de la pausa, con menos urgencia defensiva, menos juicio automático y con mayor capacidad de elegir cómo responder.

Tal vez el trabajo más profundo no consista en reaccionar más rápido ni en defender con más fuerza aquello que sentimos, sino en detenernos un momento y preguntarnos con rigurosa honestidad:

¿Desde dónde estoy mirando esto?

Quizás descubramos que el mundo exterior es solo el escenario donde aquello que aún necesita ser atendido en nosotros encuentra una oportunidad para ser visto.

Alejandra Ruiz

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