En este momento de mi vida estoy aprendiendo el valor del trabajo en conjunto. La unidad no surge de borrar las diferencias, sino de integrarlas. Como en una orquesta: el violín no deja de ser violín ni la percusión renuncia a su fuerza. Cada instrumento conserva su carácter, y justamente en esa diversidad se sostiene la sinfonía.

Desde que acompaño a Tara en sus ensayos como primer violín para una presentación en su colegio, la orquesta se ha vuelto para mí una metáfora de la vida. La música existe porque las diferencias dialogan. No hay armonía si todos suenan igual. La sinfonía surge cuando lo singular se ofrece al todo y el todo sostiene a lo singular. Así ocurre en el cuerpo, en las comunidades, en las relaciones y también en nuestro mundo interior: lo que da coherencia no es la semejanza, sino la capacidad de vincularse.

Tara en la orquesta del Waldorf Isolda Echavarría.

Voy entendiendo que la unidad es una relación dinámica. No se impone, se cultiva. Depende de cómo las partes se escuchan, se ajustan, se apoyan y se sostienen. Donde hay cuidado en la relación, aparece la totalidad; donde se rompen los lazos, aparece la fragmentación.

La unidad, entonces, no es un estado fijo, sino un proceso de escucha, ajuste y co-creación. Como en la orquesta, cada instrumento aprende cuándo entrar, cuándo guardar silencio y cuándo sostener al otro. Y así también en la vida: lo que genera armonía es la calidad de la relación, dentro de nosotros mismos y con quienes nos rodean.

¿Cómo escuchamos a quienes nos rodean?

¿Podemos guardar silencio para que otra voz tenga espacio?

¿Reconocemos que nuestra singularidad cobra sentido cuando se ofrece al conjunto?

Ese es el aprendizaje que abrazo hoy: reconocer mi singularidad, ofrecerla al conjunto y descubrir que la sinfonía surge de la relación entre todas las partes.

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