Cuando el alma ha rozado lo eterno
Una meditación sobre la inmortalidad, el ego y el Misterio
Nota de la autora
Este texto no nace de certezas, sino de preguntas que rehúsan cerrarse.
No busca enseñar nada, solo recordar —sin poder explicarlo— algo que el alma aún saborea.
Quizás no haya nada que entender.
Pero algo… en el fondo, recuerda.
Si algo de esto toca en ti un lugar más allá del pensamiento,
deja que ese eco te acompañe.
Como me acompaña a mí.
“Mejor que cien años vividos sin ver la propia inmortalidad,
es un solo día de vida si uno ve su propia inmortalidad.”
— Dhammapada, aforismo 114
¿Dónde inicia y dónde termina una espiral?
Cerrar los ojos y caer en el abismo que no tiene fondo.
Caer sin fondo.
Allí donde el yo se disuelve como gota en el océano, donde la forma pierde sus bordes y solo queda el reconocimiento de lo eterno. Abrirlos… y ver que solo ha pasado un segundo.
Volver a cerrarlos y hundirse otra vez en una vastedad sin nombre.
¿Y si no se tratara de ver algo,
sino de disolverse en ello?
Dicen que para que una gota no se evapore,
hay que arrojarla al océano.
¿Y si eso también ocurriera con el alma?
Como si el alma recordara su inmensidad.
Como si el tiempo se retirara, silencioso, reverente, a contemplar su propia ausencia.
Tal vez, por un instante —uno sin tiempo—,
todo se retiró: el yo, los relojes, los nombres,
y quedó solo aquello que no se deja nombrar
pero sigue latiendo en el silencio.
No sabría decir qué fue.
Solo sé que no lo busqué.
Y que, al regresar…
todo parecía igual, pero no del todo.
Y lo que eso fue…
no se deja atrapar.
Pero sigue latiendo en mi silencio.
Allí donde el tiempo cesa.
Donde no hay pasado ni futuro.
Donde solo hay Presencia Absoluta.
Eso que algunas tradiciones llaman el eterno ahora,
no es un lugar.
No tiene mapa.
No cabe en ningún nombre.
No obedece cronómetros.
No se trata de creerlo.
Se trata de vivirlo.
De morir… para nacer en ello.
Entonces surge la pregunta:
¿Qué se hace con lo eterno después de haberlo rozado?
¿Dónde se guarda lo que no cabe en el tiempo?
¿Dónde se pone un pedazo de infinito
cuando hay que lavar los platos,
responder mensajes,
o pagar facturas?
¿Y si el alma no recordara para engrandecerse,
sino para volverse más simple?
¿Y si no se tratara de saber,
sino de permanecer en la pregunta?
¿Y si quien realmente ha visto
no necesita decirlo?
Creo que el reconocimiento de lo eterno puede extraviarse en el ego
si no es atravesado con humildad, con sabiduría, con corazón.
Tal vez el verdadero reconocimiento de lo eterno
no hincha el ego. Lo disuelve. No hace al yo más fuerte,
sino más liviano.
Quizás quien realmente ha saboreado su eternidad
no necesita defender nada.
Tal vez se vuelve más manso,
más simple,
más libre.
Siente que no es nadie.
Y ese nadie…
es la totalidad misma.
Tal vez no somos inmortales como creemos…
sino de un modo que no cabe en las ideas.
Tal vez no queda “alguien” que haya visto,
sino solo el ver.
Y sin embargo, olvidamos.
Dormimos.
Nos perdemos en el juego.
¿Y si no fuera un error…
sino parte de la danza?
“La eternidad no es infinita duración.
Es ausencia de tiempo. Y está aquí, ahora mismo.”
— Eckhart Tolle
¿Y si lo eterno no estuviera después de la muerte,
sino debajo de las capas del ahora?
¿Y si no fuera un premio,
sino una presencia?
La inmortalidad no vive en el tiempo.
Pero puede reconocerse al trascenderlo. El reloj solo mide lo que pasa,
no lo que permanece.
El Buda no negó lo eterno.
Lo despertó sin apropiación. Y advirtió contra el apego a visiones, éxtasis, meditaciones o estados alterados. Porque al hacerlos míos, el ego los convierte en reliquias del yo.
El camino del Buda es visión directa sin apropiación. Ver lo eterno, sí.
Pero no para convertirlo en una nueva identidad espiritual.
No para decir “yo he visto”.
A veces siento que el alma ya no cabe en esta forma…
Y sin embargo,
sí cabe.
Quizás se trate de dejar que el infinito me atraviese sin aferrarme —todo un arte—,
antes que convertirlo en un trofeo del ego que susurra: “yo lo vi… yo lo sé”.
Cuando dejo de intentar sostener lo inmenso
y simplemente dejo que me atraviese.
Cuando no me aferro ni siquiera al recuerdo de lo sagrado.
Cuando no hago identidad con lo que vi.
Tal vez la verdadera sabiduría no alza la voz,
no defiende verdades,
no busca razón.
Tal vez solo se vuelve más tierna.
Más silenciosa.
Más liviana. Más presente.
Vivir con humildad no es negar lo visto,
es no convertirlo en estandarte.
Es no ponerse por encima ni por debajo de nadie.
Es saber que lo revelado no fue mérito,
sino gracia.
Es no usar la sabiduría como escudo,
ni como espada,
sino como faro.
Es abrazar mi humanidad entera:
la que ve,
la que olvida,
la que duda, la que duele,
la que ama.
Y que el otro, cualquier otro,
puede estar a un suspiro de recordar.
Como tú.
Como yo.
Haz de tu vida una oración silenciosa.
No necesitas mostrar que has visto.
La mirada lo revela.
El gesto lo transmite.
El silencio lo canta.
Habrá momentos en que olvides.
En que tu pequeño yo —mortal y temeroso—
vuelva a imponerse,
creyéndose separado.
En que dudes de todo.
Ese también…
es parte del viaje.
Y si puedes abrazarlo con humildad,
entonces estás caminando con corazón.
Como el loto que brota del barro,
lo eterno no se mancha por haber atravesado el lodo de la ilusión.
Que seas loto.
Que florezcas sin buscar miradas.
Y que tu perfume,
sin esfuerzo ni intención,
despierte a otros en silencio.

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