A veces, el fuego no tiene llamas.
No todo fuego se ve. Algunos se encienden con gestos, con palabras que no llegan, con límites que otros no toleran.
Escribí este texto para honrar todas esas quemaduras invisibles, y la flor que puede nacer incluso en medio del incendio.
Ojalá lo leas como quien se acerca a una llama: con respeto, con silencio, con el corazón abierto.

He sido quemada muchas veces.
Como quemaban a las mujeres en otros tiempos:
por no callar,
por poner límites,
por no encajar en la forma que otros quisieron darme.
He sido quemada como en la Inquisición.
No en una hoguera de leña seca,
pero sí en las llamas ardientes del juicio.
En el calor sofocante de las miradas que condenan.
En los susurros que arden más que un látigo.
Fui inmolada en silencio,
condenada por herejía:
por haber elegido ser yo
en un mundo que exige obediencia y sumisión.
He sido incinerada por no cumplir con lo esperado.
Por decir “no”.
Por trazar un límite.
Por elegir la paz en lugar del deber.
Por no someterme al mandato de la complacencia.
Como tantas mujeres antes que yo,
fui quemada por sostener mi voz
cuando el mundo exigía silencio.
Por no invitar lo que mi alma no podía sostener.
Por proteger un espacio sagrado,
por honrar lo que en mí pedía cuidado.
Y aunque no hubo hoguera en la plaza pública, ardí igual.
Entre gestos, entre parientes, entre frases no dichas que se sienten como brasas bajo la piel.
De tanto arder, aprendí a no temerle al fuego.
Aprendí a respirar dentro de él.
A florecer incluso ahí.
Como el loto que brota entre las llamas.
Como el fénix que se levanta de sus propias cenizas.
Porque de tantas veces que fui quemada, aprendí a arder más que el fuego.
Y al hacerlo, el fuego ya no pudo quemarme.
Hoy lo reconozco.
No para victimizarme, sino para honrarme.
Porque sobreviví a cada quema.
Y porque cada vez que me incendiaron, renací un poco más libre.
Esta reflexión no es solo mía.
Es memoria viva.
Es voz encendida por todas las que fueron silenciadas, por todas las que ardieron por decir su verdad, por todas las que aún arden en llamas invisibles cada vez que el mundo les da la espalda por ser ellas mismas.
Si tú también has sido quemada,
te hablo desde la llama que sobrevivió, la que no pudieron apagar.
La que aprendió a volverse luz.
Fuego sagrado, flor que arde y florece a la vez.
Porque este fuego —el que intentó destruirnos— también nos reveló.
Nos hizo ver lo que no se negocia:
la voz, el límite, la verdad.
Y desde ahí, desde esa herida encendida que se volvió fuerza, seguimos escribiendo nuestra historia.
Una donde el fuego no nos quema:
nos consagra.

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