Hoy comparto esto no por valentía, sino por necesidad.
Por todas las madres que han criado con miedo.
Por todas las niñas que merecen crecer sin violencia.
Y por todas las cadenas invisibles que, poco a poco, estamos aprendiendo a romper.

Hoy mi hija cumple 15 años.
Y esta mañana, mientras la dejaba en el colegio, algo se rompió adentro.
No supe de inmediato qué era. Solo lloraba. No podía parar.
No era alegría. Tampoco tristeza.
Era algo más profundo.
Y entonces lo sentí, con todo el cuerpo:
la protegí. Lo logré.
Durante 15 años he vivido con el miedo metido en el cuerpo.
Miedo de que algo le pasara.
De que la historia se repitiera.
De no poder estar siempre.
De no poder protegerla siempre.
Criar a una hija mujer, sola, en este mundo,
es una responsabilidad que no se puede explicar con palabras suaves.
Es vivir alerta. Es sentirse vulnerable.
Es leer cada gesto, cada silencio, cada persona que se acerca.
Es revisar quién entra a casa.
Quién la mira. Quién la toca.
Porque solo una madre sabe el peso del miedo.
Ese que no duerme.
Ese que acompaña al baño.
Ese que lee señales en cada mirada ajena.
Ese que vive dentro, aunque no se diga.
Y cuando ese miedo se convierte en alivio,
cuando por fin se puede decir —aunque sea bajito—
“la protegí”, algo se derrumba por dentro.
No de dolor.
Sino de liberación.
Se llora por todas las que no pudimos ser protegidas.
Por las que vinieron antes.
Porque, por fin, algo diferente sucedió.
Muchas mujeres de mi familia no fueron protegidas.
Muchas niñas en este mundo no lo son.
Y esa es la herida que más duele.
Porque no empieza conmigo.
Porque no termina con ella.
Pero hoy, al verla cumplir 15, algo se suelta.
No porque ya no me importe,
sino porque siento que, hasta aquí, lo logré.
Ella está bien.
Se sabe cuidar.
Tiene voz.
Y eso, para mí, es un logro inmenso.
Una línea trazada en la historia de mis mujeres.
Un corte con lo anterior.
Una victoria silenciosa.
No todo está sanado.
No todo está resuelto.
Pero hoy puedo decir:
sí, la protegí.
Y eso, en esta realidad tan dura,
es algo que vale la pena decir en voz alta.
Aunque sea una vez.
Aunque sea así:
llorando sola en el carro,
con el pecho apretado,
y la historia temblando todavía adentro.
Porque nuestras lágrimas no son solo tristeza.
Son memoria que se libera.
Canto sagrado de nuestras ancestras.
Y el susurro de una voz que dice:
Gracias. Gracias por cuidarla. Gracias por cuidarte.
Y hoy, mientras ella celebra sus 15, yo sé que no está sola en la pista. Todas sus ancestras bailan con ella.
Las que no fueron vistas. Las que no fueron defendidas.
Las que no pudieron hablar. Las que no llegaron a celebrar.
Hoy, a través de ella, también ellas son honradas.

Deja un comentario