«El vacío no es ausencia. Es presencia en estado puro.»

Hay un vacío que habita en el pecho. No es nuevo. Está ahí desde siempre: silencioso, inalterable, aunque llevamos toda la vida intentando llenarlo. Le hemos arrojado afectos, objetos, conquistas, promesas, deseos, creencias. Y nada. El vacío permanece.
No porque algo esté roto, sino porque nunca fue un hueco a llenar. Un espacio a habitar.

El error no es sentir el vacío. El error es creer que no deberíamos sentirlo.
Nos enseñaron que estar completos es estar colmados, satisfechos, definidos.
Pero eso es un espejismo.

Lo que llamamos “yo” es apenas una configuración temporal:
una imagen que construimos para sostener la ilusión de ser algo definido en un mundo en constante cambio.
Es una narrativa tejida entre el cuerpo, la memoria y la búsqueda de sentido;
una estructura psíquica que aprendió a organizar la realidad a partir del miedo, la historia y el deseo de pertenecer.
El “yo” que creemos ser no es sino una forma momentánea que la consciencia adopta para experimentarse a sí misma.

Por eso la antigua sentencia de Sócrates, conócete a ti mismo, resuena hoy como una broma sutil:
¿cómo conocerse por completo, si el que se observa cambia cada vez que se mira?

Y sin embargo, hay verdad en el intento.
Hay nobleza en mirarse sin huir, sabiendo que lo que hoy se revela puede deshacerse mañana.
Ahí comienza el saber real: en la humildad radical del solo sé que nada sé.
No es ignorancia, es lucidez.
Es comprender que las respuestas no están allá afuera… ni dentro tampoco,
sino en la disposición de habitar el misterio.

El vacío, en su núcleo más crudo, no es una falta.
Es el fondo: el útero silencioso de donde brota todo —pensamiento, forma, deseo, identidad—.
Todo lo que somos nace de un lugar que no puede definirse ni poseerse.
Por eso huimos de él: porque no se puede controlar.
Pero quien se atreve a sentarse ahí, sin distracciones ni respuestas, descubre lo impensable: ese vacío no está en contra de la vida. Es su origen.

Y sin embargo, no es fácil.
Pararse frente al abismo interior —ese espacio sin forma, sin respuestas, sin suelo— puede resultar insoportable.
Todo en nosotros se resiste y quiere huir.
Pero quien se atreve a habitarlo con rendición, humildad y presencia, descubre que no hay caída, sino apertura.
Y en lo más hondo, no hay muerte: hay nacimiento.

Cuando la tristeza llega —esa niebla densa que lo envuelve todo—, es fácil dejarnos arrastrar.
El dolor, a veces, ofrece una forma de identidad: nos da algo a qué aferrarnos,
nos hace sentir vivos, presentes, definidos.
Pero también nos encierra.
Nos acuna con una historia que creemos nuestra, hasta que un día, con ojos más honestos que antes, surge la pregunta:

¿Y si este dolor no es quien soy… sino el lugar donde me escondí para no caer en el abismo?

Entonces, con algo que no es fuerza sino entrega, comprendemos:
el vacío no es amenaza.
Es terreno fértil.
No pide ser llenado, sino permitido.
Sentado en su centro —sin nombre, sin defensa, sin idea— uno ya no busca entender: solo estar.
Porque el vacío no se explica. Se atraviesa. Se habita.

Y cuando lo haces,
cuando te rindes sin huir,
algo se abre.

Nunca estuviste en falta.
Solo estabas llena de cosas que no te pertenecían.

Y ahora hay espacio.
Espacio para lo nuevo.
Espacio para ti.
Espacio sagrado.

Vacío fértil.

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